En el camino que emprendí hace algunos meses he tenido la fortuna de ver el mundo desde diferentes ventanas, permitiéndome, cada una de ellas, observarlo desde una perspectiva diferente. Por eso hoy quiero compartir lo que una semana atrás descubrí desde el escenario llamado “Educación para la Paz” durante tres días que marcaron mi proceso de transformación intensamente, en especial, porque después de cada encuentro sentí que verdaderamente había vencido un poco más las barreras que me separan del mundo exterior, pues no se trató solo de un cambio de percepción sino de una evolución en mi mentalidad.
18 de octubre de 2012. ¿Pedagogía práctica?…¡Interesante!
Al levantarme pensaba en la nueva ventana que se abriría frente a mí en la inmersión que se aproximaba y como vería el mundo desde allí. Si tuviera que describir lo que sentía en una sola palabra seguro diría "expectativa".
Durante el transcurso del día tuve que hacer varios altos en el camino, pues sentía la necesidad de revaluar mi percepción sobre determinados temas, pero fueron dos momentos en los que mi pensamiento voló mucho más alto queriendo encontrar la verdadera transformación. El primero de ellos fue en las horas de la mañana cuando el dialogo que sosteníamos me llevó a cuestionarme sobre la trascendencia que alcanzaba la práctica en la pedagogía. Hasta ese momento, siempre sostenía que la importancia de la misma radicaba en el hecho de que ésta te deja enseñanzas que no están escritas; que solo conoces si las experimentas, las vives e interiorizas. Pero, ¿no era ésta una sola reflexión teórica sobre la práctica?, respecto de ello pensé durante toda la mañana y, si bien al final de esa jornada aún me cuestionaba lo mismo, sentía que en algún momento del curso no solo iba a encontrar la respuesta a tal pregunta sino que descubriría, por mi propia experiencia, en que radicaba la importancia de una pedagogía práctica. Por fortuna no me equivoque, aunque me tomó los tres días reconocerlo, tal fue de tal magnitud de la transformación que hizo en mi uno de los ejercicios del segundo día de clase –del que me ocuparé más adelante- que pude concluir que el éxito de la enseñanza está en hacer que se sea el propio alumno quien descubra lo que deba aprender y la única forma de lograrlo es involucrándolo en el proceso.
Un segundo momento en el que pausé mi día fue en las horas de la tarde cuando, a través de un dibujo, debíamos representar lo que para nosotros era la Paz. Una tarea que, aunque al describirla suena simple y hasta tal vez “tonta” al nivel de una Maestría, de un lado, me representó un gran reto y, de otro, me enseñó que, por básica que sea una actividad, no debemos subestimar su importancia, pues su valor no debe medirse por el grado de complejidad sino por los resultados logrados. En esa oportunidad logré comprender la dificultad que me representaba edificar una definición pues, en la cotidianidad, damos por hecho el significado de las palabras al utilizarlas pero nunca nos detenemos a pensarlas en sí mismas. Ahora, si esto fue un gran llamado de atención para ejercitar tal aspecto, fue increíble descubrir que resultaba todavía más complejo representar una palabra en un dibujo que abarcara todo su significado.
Al tratarse de un actividad en grupo, lo cual aumentaba su complejidad, decidimos que cada uno debía realizar su propio dibujo y luego con todos ellos, haríamos un collage. Pero al respecto me quedó una duda, ¿realmente la táctica del grupo obedeció a querer dejar el mensaje de que la paz debe ser una construcción de todos? O ¿simplemente fue la mejor estrategia que encontramos para no afrontar la dificultad de ponernos de acuerdo sobre un tema tan subjetivo y polémico? Ahora, después de superada la actividad, estoy convencida que se trató de lo segundo y no de lo primero, lo cual lamento, pues haber asumido el reto de buscar un consenso sobre la representación grafica del estado tan deseado llamado Paz, hubiese sido un ejercicio más enriquecedor que el que se logró quedándonos en el individualismo.
19 de octubre de 2012. ¿Revolución? ¡No! Yo en eso no participo.
Un día más de clase, sin duda, uno más de aprendizaje. Eso fue exactamente lo que susurro mi mente antes de entrar de nuevo al aula.
Esta jornada fue quizás la más enriquecedora de todas. Si el día anterior el curso de la clase me llevó a hacer dos altos en el camino para replantear mi posición frente a determinados temas, en esta oportunidad, no fui yo quien decidió parar, las actividades hicieron que me estrellara de frente contra mi propia convicción y aceptara que todo este tiempo había estado equivocada.
Uno de los ejercicios de este día fue una experiencia increíble pero con resultados aterradores. Luego de un juego de roles pude llegar a concluir que la revolución no es sinónimo de violencia y que a través de la misma SÍ se logran verdaderas transformaciones; aspecto que durante toda mi vida me había negado a aceptar tal vez, de un lado, por tener un concepto equivocado de tal mecanismo social, pues siempre solía relacionarlo con actos vandálicos y no con un instrumento generador de cambio y, de otro, quizás el más importante, porque siempre crecí con el paradigma de que es mejor adaptarnos que revelarnos. Sin duda, desde ese día, esto cambió porque descubrí por mi propia experiencia que era la única forma de trasformar.
El otro gran resultado de esta experiencia consistió en que descubrí porque he tardado 25 años en salir de la burbuja –ya ha pasado más de un año desde que decidí hacerlo y todavía me siento más adentro que afuera-; fue precisamente porque siempre razoné bajo una estructura vertical de liderazgo, lo cual me imponía la necesidad de esperar que alguna persona con estas características me indicara cual era el camino a seguir o alguna otra que legitimara mis acciones para hacerlo. Gran error, como nunca llegaron, nunca actúe. Pero también comprendí que, aunque me cueste reformular este paradigma, es posible hacerlo y construir una estructura de base en la que mis acciones no dependan de los demás sino que se complementen para lograr el objetivo anhelado.
20 de octubre de 2012. Cultivando las emociones.
Solo cuando enseñamos comprendemos la difícil tarea que es transmitir conocimiento sin imponer el propio pensamiento. Con esto en mente, concluí esta jornada.En esta oportunidad, los alumnos éramos quienes debíamos enseñar. Todos nos enfrentamos con valentía a ese reto y, en mi criterio, que buenos resultados obtuvimos de ello. En particular, quiero resaltar una experiencia que dejó una profunda huella en mi vida, consistió en descubrir las emociones que despertó en mí el video sobre KONY 2012. No es fácil describir lo que me produjo, pero fue una mezcla de asombro, tristeza, decepción e impotencia. Independientemente del interés que puedan tener las personas que asumieron la causa de buscar a este hombre hasta capturarlo, lo cual fue fuertemente cuestionado en clase por algunos compañeros, lo cierto es que en mí dejó un mensaje claro: ALGUIEN EN EL MUNDO NOS NECESITA Y ES AHORA. Si quieren saber de qué les hablo, aquí esta:
Desde entonces, no dejo de preguntarme cuanto podríamos lograr si cada uno de nosotros tomáramos conciencia del poder de transformación que creamos cuando nos une un mismo objetivo y luchamos por su consecución. Podríamos darle un vuelco a la historia de la humanidad, pero ¿por qué no lo hacemos?, ¿qué nos distrae? Para mí, la respuesta se reduce a que no soy la única persona que habita este planeta en una burbuja, hay cantidades de ellas, cada una con una realidad distinta que no nos permite observar mas allá de nuestros propios límites ni comprender la diversidad de situaciones complejas que hay fuera de allí. Al respecto, solo me queda –como ya lo mencioné- creer en mi cambio, en mi voluntad de transformación y en que, algún día, cuando logre superar mis propias fronteras, me convertiré en una pequeña molécula que contribuya a la constante trasformación del mundo en búsqueda de la construcción de una cultura de paz.
Cuando este último día de clase terminó, sentí una gran satisfacción porque cada día que pasa me aseguro más de ir por el camino correcto, en el que pretendo superar la indiferencia; cultivar mi capacidad de asombro y actuar coherentemente con mi convicción de aportar algo a la transformación, lo cual no sería posible sin que personas como la profesora responsable de todas estas enseñanzas –Victoria Fontan- me permitieran ver el mundo desde su ventana.
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