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sábado, 27 de octubre de 2012

UNA PEQUEÑA MOLÉCULA EN EL MUNDO


Un día un profesor dijo a sus alumnos: “si logro demostrarles que el mundo no se acaba en el cerro de las tres cruces, el objetivo de esta clase se ha cumplido”. Dos días después agradecí haber estado en su curso; decidí explorar detrás de esa frontera y descubrí que ésta no existía, era yo quien, hacía 24 años, vivía en una burbuja.
¿Cómo terminé allí? Diría que fue la consecuencia necesaria de una serie de eventos que, afortunados o desafortunados, simplemente lograron aislarme de la realidad. Tener unos excelentes padres quienes siempre quisieron protegerme de las barbaries humanas; crecer en un entorno social que poco sufre de las indolencias de la vida y, especialmente, actuar conforme a paradigmas sociales que bloquean la reflexión crítica, fue la receta perfecta para resultar encapsulada.

Así fue como, durante todo ese tiempo, esa burbuja se constituyó en mi paisaje y sirvió de escenario para convertirme en lo que hoy soy: una abogada penalista que durante más de dos años se ha dedicado a contribuir a la administración de justicia –aunque ahora no comprendo cómo creía hacerlo de manera justa cuando mi lugar en el mundo me impermeabilizada de todo aquello que pasaba fuera de mis fronteras- pero, sin duda, estaba decidida a buscar la salida.


En ese instante me enfrenté a un gran reto: ¿cómo hacerlo?, pasaron muchos días y mi mente seguía en blanco, no encontraba la forma de dar el primer paso y mucho menos sabía de qué paso estaba hablando. Después de más de un año de haberme dado cuenta lo lejos que habitaba de la realidad del mundo y durante el cual no hice más que pensar en mis buenas intenciones de cambio, decidí que era hora de actuar pues, en definitiva, la estrategia pasiva que había asumido no hacía más que fortalecer las paredes de mi burbuja.

Justo en ese momento de mi vida comprendí que salir de esa zona de confort no era algo que lograría sola; necesitaba de personas que se convirtieran en ventanas al mundo a través de las cuales pudiera observar e intentar comprender todo aquello que ignoré durante tanto tiempo. Y fue ahí, en ese instante, cuando supe en qué consistía el primer paso: debía dedicarme a descubrir la verdadera realidad en que habitamos los residentes de este planeta.

Ahora, en lo que hace a la forma en que debía dar ese primer paso, según la astrología          –ciencia que debo confesar me genera algunas dudas, pero bastante curiosidad y por eso tal vez algún día la consulté- estaba escrita desde el momento mismo en que nací y determinada por la posición de los astros en aquel instante: mi transformación empezaría con el estudio del derecho desde el ámbito internacional. Hasta allí, no era más que una percepción de alguien sobre mi destino; luego, tal vez se convertiría en la mayor coincidencia de mi vida.
Ya sea por esta razón o, por cualquier otra que pueda existir, encontré en mi camino la Maestría en Derechos Humanos y Cultura de Paz que hoy curso; la cual, sin duda, se ha convertido en el mejor escenario para observar; abandonar la burbuja en la que habito y convertirme en lo que quiero ser: una persona sensible a la realidad que la rodea, una molécula que, aunque pequeña, haga parte del mundo. 

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